No tiene que ser la política el lugar de los argumentos racionales? ¿No permitirían estos salirse del ámbito de las apariencias, salvar el peligro de los poseros? Las respuestas no son sencillas.

Hace más de dos siglos, Immanuel Kant pensó un ámbito en el que fuese posible el predominio de la razón sobre el prejuicio. Una esfera en la cual se garantizase la libertad de opinar y criticar. Asegurada tal libertad, repara Kant en que prevalecerán las opiniones mejor fundadas.

En su consideración sobre el uso público de la razón, sin embargo, Kant mismo dejó, quizás inesperada pero firmemente, atada la razón a la pose.

El uso público de la razón, escribe Kant, se ejerce ante la universalidad de los lectores. Nos hallamos, entonces, con la exposición más extrema; con una cierta obscenidad o impudicia; con una exhibición sin tapujo alguno. Pues lo que es visibilizable ante todos; lo que resiste el escrutinio del universo de los veedores; lo que resulta inmune a la indagación, la curiosidad, la morbosidad de los lectores de cualquier parte; algo así solo puede lograrlo la más posera de las faces, la más disciplinada consagración de la apariencia.

El uso público de la razón, el fundamento de la deliberación racional, viene a coincidir con el momento de mayor cercanía con la careta, la nuda apariencia, la afectación apta para soportar el peso de la mirada escudriñadora de la totalidad de los examinadores. En esta precisa medida, tal uso de la razón se acerca también al momento de mayor distancia con lo que cabe entender como la autenticidad individual, con la expresión pura y simple de la interioridad de cada cual.

No es solo, entonces, que la política sea el lugar del posero como el persuasivo que con su atractivo es capaz de convencer. Pasa que en la base de la deliberación pública hay un irremisible momento de pose (e inautenticidad), en la medida en que el propio uso público de la razón coincide plenamente con el planteamiento de argumentos u opiniones estrictamente poseros: que logren presentarse sin mácula ante un universo de escrutadores. Deviene difícilmente sostenible la pretensión de sacar a la política de la pose por la vía del uso público –posero– de la razón.

Pero, luego, ¿cómo pensar la emancipación? ¿Cómo a la liberación del ser humano de las cadenas opresivas que lo atan?

Es innegable el poder emancipatorio de la razón. Ella permite echar abajo opiniones injustificadas, dogmas, nudos atavismos. Incluso debe reconocerse que todos los seres humanos tienen un lado público, que la pose es irreductible. La pose es, hasta cierto punto, civilizatoria, coincide con el distanciamiento, con el decoro en las relaciones sociales, con la paz. La pose es, incluso, un aspecto que luce ser común entre el ser humano y el mundo animal. Vistos por dentro, todos los animales son un cúmulo algo monótono –en el que coinciden una rata y un ministro– de tripas, huesos, carnes, sangre. Por fuera, en cambio, los animales se dispersan hacia la pletórica diversidad de formas, colores, apariencias. El pavo real viene a ser solo un extremo de una multiplicidad exuberante.

Una política que apunte a la emancipación debe reparar, empero, en que, tan relevante como ese aspecto posero de la existencia, es lo que podemos llamar la interioridad humana: aquel ámbito a veces misterioso, a veces claro, que no resulta completamente presentable ante el resto, que no pasa por el escrutinio del público universal de los examinadores. Esa esfera interior es un ámbito existencialmente tan relevante como el externo o de la pose (o la racionalidad pública). Ahí, en esa intimidad insondable para el resto, es donde tienen precisamente lugar las vivencias subjetivas, donde cada uno puede explorarse y cuestionar libremente, donde cabe decir, como la canción popular alemana: “Sigue valiendo, los pensamientos son libres”.

Reducir la política a la consecución de una emancipación que opera por la vía de la deliberación pública, pensar que la emancipación se alcanzará el día en que todos los ciudadanos coincidan plenamente en ideales acordados de manera público-deliberativa (como plantean discursos de la izquierda revolucionaria local), significa abogar por la instauración, en definitiva, de la pose y el correlativo desconocimiento de ese fondo insondable e inexpurgable que es cada individuo y que se resiste, no solo en sus malos momentos, a dejar de ser auténtico.